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  • eduardocebollada

El COVID como oportunidad

Actualizado: 29 de dic de 2020

Una vez Mahatma Gandhi dijo: “Cuando hay una tormenta, los pajaritos se esconden, pero las águilas vuelan más alto”. Albert Einstein también habló de lo siguiente: “La crisis es necesaria para que la humanidad avance, sólo en momentos de crisis, surgen las grandes mentes”.


Más allá de lo político, social, sanitario, etc, posiblemente lo que hoy cada uno de nosotros está viviendo a través de un virus es el resultado para un aprendizaje a un nivel mayor y del que no estemos siendo conscientes; ni siquiera un buen número de personas estamos reflexionando que pueda existir dicho aprendizaje.


La vida nos está diciendo algo muy importante gracias a la manifestación de lo que se ha catalogado como pandemia, y es el hecho de que los seres humanos nos hallamos en un proceso de crisis personal que se está expresando a nivel global, también en áreas cercanas de vida.


No podemos pensar que lo que ha aparecido enfrente no tiene nada que ver con todos y cada uno de nosotros. Es como cuando echamos o “dejamos olvidados” plásticos, envases, etc en cualquier lugar y pensamos “va, no pasa nada”. Estos finalmente llegan al mar y vuelven a nosotros en forma de micro-partículas en los cuerpos de los pescados que nos alimentamos. El título de un artículo de un diario nacional español decía en 2019: “Las personas ingerimos 21 gramos de microplásticos al mes, una tarjeta de crédito a la semana”, pero aun con ello infiero seguiremos dejando en cualquier sitio el envoltorio de lo recién ingerido o el recipiente de la bebida acabada de consumir y que tanto nos molesta llevar vacío en la mano hasta un contenedor específico. Y no sólo eso, justo durante la pandemia, en mayo de este 2020, el diario Cantabria titulaba en un artículo: “El litoral cántabro amenazado por el abandono de mascarillas y guantes en sus costas”.


Queremos protegernos de que la persona de enfrente nos contagie de un virus 100 veces más pequeño que una bacteria, pero no tenemos problema en “contagiar” la naturaleza, el medio donde vivimos y del que nos alimentamos.


La pregunta a hacernos podría ser: ¿cuál es realmente el virus infectante que amenaza a toda la humanidad y su ecosistema? Posiblemente tenga el tamaño de un ser humano y no tanto el de una pequeña partícula.


Tenemos miedo y señalamos a alguien porque quizá no lleva cubierta la nariz con la mascarilla, pero igual el miedo señalado hacia otro tendría más bien que cambiar de dirección, dirigirlo hacia cada uno de nosotros mismos por lo que pensamos, decimos y hacemos “a escondidas” o de forma manifiesta. Parafraseando al mismo Jesús: "El mal no es lo que entra en la boca del hombre, sino lo que sale de ella" … ; mas lo que sale de la boca, esto contamina … ; porque lo que de su boca sale, del corazón procede”. Por lo tanto prestemos atención no sólo a lo que contaminamos con nuestros actos sino también a lo que pensamos y decimos porque de alguna manera toma forma en algún lugar.


Profundizando un poco más, nuestros ambientes familiares son también ecosistemas donde principalmente ejercemos interferencias a través de nuestra interacción interpersonal. La pandemia, el confinamiento, ha sido una excelente oportunidad para poder mirarnos entre nosotros, relacionarnos verdaderamente con las personas que compartimos la vida. Incluso si vivimos solos, observar cómo nos estamos relacionando íntimamente con nosotros mismos, lo que hemos hallado internamente, si queremos o no seguir en esa misma opción de vida, para qué nos encontramos en esta situación.


Hemos tenido el aprendizaje sin excusas de pararnos días enteros en unos pocos metros y convivir muchas horas con otras personas donde antes la rutina diaria nos “impedía” una relación tan intensa y verdadera. Nos ha dado tiempo pues a identificar qué tipo de relación estamos teniendo con nuestra pareja e hijos, y/o con nuestros padres u otros con quienes compartimos un espacio físico. De si queremos o no seguir compartiendo nuestras vidas con estas personas, incluso si ha habido cambios sustanciales o nos seguimos acomodando a relaciones “tóxicas” por miedo al cambio, a comenzar a respetarnos.


Quizá nos hemos podido ver sorprendidos con nosotros mismos y las personas cercanas al convivir de forma más directa. Apreciar más lo que teníamos enfrente, o quizá quitarnos la venda de los ojos e identificar al verdadero personaje que nos domina en cada uno. Todo un aprendizaje.


El COVID por lo tanto lo podemos vivir como víctimas, pajaritos que se esconden; o como águilas que pueden volar más alto, mirar más allá de lo superficial.


Cualquier crisis será siempre una oportunidad para crecer. Quedarnos inmóviles puede seguir manteniéndonos en la queja, afrontar este reto de la vida, nos puede transformar. La vida es cambio continuo, quedarnos quietos puede no ser a cada instante la mejor decisión ni un aprendizaje.



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